A veces, nuestro mayor miedo no es ser incapaces de convertirnos en lo que soñamos, sino terminar convirtiéndonos en un producto inesperado; no saber cómo manejar nuestra grandeza.

La psicología llama autoprofecías a los comandos internos que heredamos de nuestros padres, la familia y la cultura. Crecemos sintiéndonos predestinados a fracasar o tener éxito en la vida con base en el mapa mental que los adultos dibujan para nosotros; por supuesto, casi nunca nos explican que la “mala suerte” de nuestros abuelos no implica que vayamos a tener una vida de sufrimiento, y que los errores de nuestros padres fueron su camino y su lección, no la nuestra.

Meleagro, las tres Parcas y cómo hemos malinterpretado el destino

Los griegos y los romanos creían que la vida del ser humano está gobernada por la fortuna o Destino. Llamaban Moiras o Parcas a las tres diosas hermanas encargadas de girar, medir y cortar el hilo de la vida. Sin embargo, incluso los antiguos sabían que cada hombre y mujer es capitán de su destino, y aunque creían que las Parcas influían en el rumbo de la vida humana, la fortuna individual era, finalmente, un misterio, porque hasta las Moiras podían ser engañadas por los Dioses o sentir compasión por los hombres.

Una de las referencias más importantes a las Moiras está en el mito de Meleagro:

El mito de Meleagro

Cuando Meleagro tenía 7 días de vida, las Moiras le dijeron a su madre que el pequeño moriría solo cuando se consumiera el tizón de leña que ardía en la chimenea de la casa. Por lo tanto, Meleagro era casi invencible. Su madre, Altea, esposa del rey de Calidón, llamado Eneo, no dudó en sacar del fuego aquel tizón y lo guardó en un lugar seguro.
Meleagro creció y se convirtió en un fuerte guerrero. Más adelante, cuando su padre ofreció las ofrendas a los dioses, se olvidó de la diosa Artemisa y ella, como castigo, envió a Calidón un enorme jabalí para destruir las tierras, las cosechas, los ganados y a cualquiera que intentara detenerlo. 
Ante la devastación que causaba el jabalí, Eneo organizó una cacería épica en la que participaron calidonos y curetes (habitantes de Pelurón), y grandes héroes mitológicos, como argonautas y la gran cazadora Atalanta, de quien Meleagro se enamoró.
Los liderados por Cefeo y Anceo se negaron a ir de caza con una mujer, hasta que Meleagro los convenció. Finalmente, fue Atalanta quien hirió al jabalí con una flecha, y Meleagro lo remató y le ofreció la piel a ella como premio. 
Se dice que los tíos de Meleagro, que eran curetes, no aceptaron que una mujer se llevase el premio y se lo arrebataron, diciendo que era de ellos por derecho de nacimiento. Esto provocó un enfrentamiento entre ambos pueblos. Meleagro mató a sus tíos y su madre, Altea, le puso fin a la vida de su hijo echando el tizón de leña al fuego hasta que se consumió.

El mito de Meleagro nos enseña que, si bien existe una cierta predestinación que puede influir en la vida humana en cualquier momento, el porvenir es incierto e inimaginable.

Un poema de William Ernest Henley, Invictus, nos lo recuerda: Soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma.

Nadie vino al mundo para repetir los pasos de alguien más, pero a veces puede tomarnos media vida darnos cuenta

La vida humana es una experiencia única para transformarnos en la mejor versión posible de nosotros mismos. La mala noticia es que no nacemos en la Tierra con un manual de instrucciones o un paso a paso a seguir; la buena es que no hay una “forma indicada” de hacer las cosas, un Abracadabra, un solo ángulo para ver el cielo.

La única verdad absoluta es el amor, y aunque podamos tardar más de una vida en entender lo que supone el verbo amar, una parte de nosotros nace sabiendo que el amor crea y el miedo destruye.

Lo que llamamos “mala suerte” es un producto del miedo, de escuchar al Ego para tomar una decisión; pero el destino, que también ampara a los sabios, enreda el hilo de la vida para favorecer a los magos, a los “locos”, los que mueven cosas con la mente y aman lo suficiente para cambiar la realidad.

Hay quienes han tomado el destino como la excusa perfecta para sabotear sus propias vidas, convertirse en alguien que detestan ver al espejo o sentir vergüenza de sí mismos.

El destino puede ayudarnos a entender el hilo de una obra de teatro o de un libro bien escrito, pero culparlo de nuestras decisiones es tan ridículo como culpar a la roca con la que nos tropezamos por no haberse quitado del camino.

Puedes pasar el resto de tu vida creyendo que estás condenado a vivir en la pobreza, y así crear más pobreza, o puedes darle sentido a la vida convirtiendo los obstáculos en semillas que, algún día, vencerán a la muerte.