El día que intenté suicidarme

La noche del 1 de octubre de 2016 intenté matarme. El suicidio está lejos de ser un tema que la mayoría de la gente considere digno de ser exhibido públicamente.

Imagino que en este momento hay miles de personas en el mundo saliendo de un coma autoinducido o volviendo a caminar después de un accidente ocasionado por sutil negligencia propia… La negligencia ante la que algunos nos permitimos ceder cuando la vida nos parece más perniciosa que la muerte.

La mayor parte del tiempo, me atrevo a asegurar, quienes fracasan en el intento de no volver a abrir los ojos prefieren callarse el haberlo intentado por vergüenza (propia o ajena) del acto, por temor al rechazo de la intocable norma moral según la cual el amor a la vida ha de ser un parámetro incuestionable sin importar la miseria vivida, los sueños rotos o la pseudo-depresión.

Vuelven a la vida y se quedan ahí, encajonados, silenciados por el pacto tácito de la buena familia o los buenos amigos que acogieron al suicida a pesar de serlo (o a pesar de no haberse muerto).

Yo no comparto la creencia de que los momentos dolorosos deban ser expurgados de la memoria o amputados de la biografía personal.

Por eso escribo incluso sobre esto. Incluso. Porque es una historia franca y real, y toda historia franca y real merece ser contada sin culpa, sin vergüenza, curada de la incomprensión de quienes han vivido historias menos inquietas y por ello se creen con derecho a empolvar las ajenas.

Así que la noche del 1 de octubre de 2016 quise, pude e intenté matarme.

El número 750 ha pasado a ser importante para mí, porque representa la cantidad exacta de miligramos de amitriptilina clorhidrato que me metí al cuerpo.

Había leído antes que la dosis máxima para pacientes bajo supervisión hospitalaria era de 300.

Di por hecho que me iba a morir, y me pareció horrendo, doloroso como duelen pocas cosas en la vida, y al mismo tiempo  — aunque solo los psicólogos clínicos y uno que otro entendido lo comprenda —  liberador.

Nunca he conocido a alguien que haya intentado el suicidio, pero conocí en ese momento a la parte de mí que tenía tantas ganas de morirse como tienen ganas de nacer algunas cosas (como las flores en primavera, o el amor).

Me conocí más en una noche de lo que podría haberme conocido en toda una década de introspección autoimpuesta, y descubrí que existen circunstancias cargadas de tanto peso emocional que el cuerpo se rinde y conspira a favor de las empresas más inesperadas, porque el corazón ya se rindió.

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La dama de Shalott, John William Waterhouse

Es siempre difícil hacer que quienes no han sentido nunca un vacío tan espantoso en la boca del estómago como para intentar matarse entiendan a quienes lo han sentido durante años y han intentado el suicidio una vez.

Es por eso que quienes no comprenden el dolor ajeno corren el riesgo de escupir sobre la herida de la que luego se declaran desentendidos.

Yo no soy capaz de nombrar todos los motivos que pueden llevar a una persona al suicidio, pero sí puedo nombrar la única cosa que podría haber evitado que yo quisiera cerrar los ojos esa noche y no volver a despertar: las ganas de vivir.

No se trata de cumplir juiciosamente la rutina del despertador, ni siquiera de tener sueños y aspiraciones, metas planificadas a corto y largo plazo, una casa de 500 m2 cincelada en la mente (así cueste una vida poner los cimientos) o una cuenta bancaria a la cual dedicar años enteros para convertir en números altos y sentirse importante e independiente.

Todo eso lo tuve, y no sirvió.

Las ganas de vivir, lo que nunca tuve, no tienen nada que ver con poseer y conservar, sino con soltar. Con reconocerse una gota minúscula en medio de un caos maravilloso de colores y sonidos, de ser capaz de sentir la rabia y la indignación de un adulto y no permitirse a uno mismo irse a la cama sin haber perdonado con la soltura de un niño.

Las ganas de vivir no se compran, no se construyen, no se reemplazan, no se negocian. Las ganas de vivir se descubren, como descubriría uno el tesoro de la existencia humana escondido en la unión de dos cuerpos que se aman.

¿Que usted nunca ha pensado en el suicidio?

Poco importa, si ha estado viviendo sin ganas de vivir. Si le ha vendido sus días al trabajo que tanto odia, si maldice porque ya es hora de levantarse, si se va a la cama con el estómago lleno pero hambriento de la vida que jamás tendrá porque se suicidó antes de tiempo en alma y espíritu.

Desde que volví a la vida después de haber dormido por casi 48 horas, he escuchado decir que soy una persona depresiva, egoísta y loca, y que, a fin de cuentas, por eso intenté matarme.

Es una deducción respetable y lógica, pero también superficial, como lo son las vidas de ahora… De los que viven sin ganas y mueren por inercia, de viejos o de enfermos, o de sueños, o de despertares.

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Heilige Cäcilie, Adolf Hirémy-Hirschl

Tengo plena conciencia de que pude haber muerto y que es un milagro (porque ahora me da por creer en ellos) que no haya sido así. Y no me enorgullezco de mi acto ni minimizo la angustia de quienes tuvieron que lidiar con él, pero estoy lejos de sentir arrepentimiento porque sólo la experiencia de dormirme lentamente sin saber si existiría un mañana me hizo darme cuenta de las ganas que tengo de vivir.

Me hizo darme cuenta de que otra parte en mí, alguna parte en algún sitio, no quería matarse ni quiere.

Y solo ahora esa parte es niño y adulto a la vez, y le da la mano a la otra y la perdona, la abraza, se apropia de ella como seguramente usted y yo habremos visto que se re apropian los amantes que dicen no quererse queriéndose.

¿Por qué escribo sobre mi intento de suicidio? Simple. Porque hay dolores que a pesar de ser contados no pueden ser sentidos más que en la propia piel y cicatrices que vale la pena y vale la vida tener en lugares visibles para recordarse a uno mismo lo que era, lo que pudo ser y lo que es.

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Recomendación: El cambio

Una increíble obra de Wayne Dyer con el poder suficiente para cambiarnos la vida. Si has estado pensando en tomar decisiones apresuradas ante las circunstancias, lee primero este libro y decide luego. Cambiarás de opinión.

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