Cómo encontré mis ganas de vivir

Antes de volver a nacer  — porque no se puede intentar suicidio, sobrevivir y seguir siendo la misma persona— veía la vida como una obra de teatro demasiado gris para quedarse hasta el final.

Ahora, tengo la convicción de que el propósito ultimado de toda persona no debería ser una simple aspiración a la felicidad, sino un compromiso con ella.

Un compromiso con el placer intocable de irse a la cama con algo en la mente:

Si la muerte llega esta noche, me voy tranquilo, porque no dejé nada sin hacer”.

Muchos somos criados para ser organismos autómatas útiles a la sociedad (y, con suerte, útiles para nosotros mismos o al menos no tan miserables).

En los peores casos, a uno lo entierran sin haberse enamorado nunca de la vida.

Pocas cosas son más trágicas y han reclamado tantos muertos. Muertos que abren los ojos cada día perdidos y desamparados, sintiéndose actores secundarios, suplentes, calienta bancas de su propia existencia.

Así era yo antes de encontrar mis ganas de vivir.

¿Quién inventó la tradición de venderle el alma y los sueños a un constructo laboral para “ganarse la vida dignamente”, sabiendo que en el camino nos van matando el tiempo y nos van ahogando las ganas de vivir?

No hace falta morirse para comenzar a vivir

No sugiero que haga falta experimentar un estado de semi-mortandad para hallarle sentido a la vida.

Basta con darse cuenta de que la vida que uno tiene no es la vida que soñaba, ni la que recetaría a un enfermo para recuperar el brillo en los ojos.

Ni es la vida que quisiéramos heredar a nuestros hijos aunque nunca nazcan, ni es la vida que amamos.

Uno sabe entonces que vive sin ganas de vivir.

¿Qué solución se le puede dar a un asunto tan delicado y urgente, si no altas dosis de buena memoria y de juego?

Buena memoria para recordar que siendo niños entendíamos mucho mejor el árbol de la vida porque de él no colgaba el dinero sino la alegría; juego para volver a ser niños y saltar los cuadrantes de la rayuela siguiendo el caminito al cielo.

Porque eso es el cielo: un caminito que se sigue jugando, saltando, alumbrando el paso con unas ganas insoportables de colonizar la eternidad.

Al mundo le urgen espíritus capaces de enamorarse de una hormiga porque la ven triunfar desplazando un trocito de hoja verde.

El mundo necesita almas que atesoren hormigas, que las respeten, que las protejan.

Que comprendan que en esa diminuta expresión de la arquitectura del universo está el secreto de la grandeza, que es ver una hormiga, una simple hormiga, y de pronto amarla.

Las ganas de vivir son eso. Cerrar los ojos parar abrir el alma, porque solo entonces dejan de importar las cosas que no importan, y todo parece magia.

Solo entonces no hace falta morirse para vivir.

De repente uno sale a la calle y el mundo entero le canta al oído y le besa la frente.

Puede que te cueste entender la naturaleza de mis ganas de vivir, pero –más allá de intentar explicarla– tengo la esperanza de que comprendas lo afortunado que eres por estar vivo.

Así te sientas perdido, desorientado… como una luciérnaga torpe en invierno.

Está vivo, y eso ya es una invitación a tus ganas de vivir, que llegarán siempre que las siga llamando.

¿Y si las experiencias más dolorosas y difíciles de la vida las hemos planeado nosotros mismos antes de nacer?

Después De Leer Este Libro Encontré El Combustible Para Mis Ganas De Vivir…

la respuesta AL PORQUÉ DE LA VIDA.

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