Cuando mi padre murió

Yo tenía 6 años cuando murió mi padre, y nadie me supo explicar ni yo supe entender que cuando el primer amor se va y no volvemos a verlo no es porque sea malo, o porque haya algo mal en nosotros, o porque estemos predestinados al abandono. Es porque hay hojas que se desprenden mucho antes de los árboles y otras que permanecen un poco más. Ida y vuelta, siempre.

El vida es un vaivén.

Cuando mi padre murió, me sentí huérfana incluso teniendo a mi madre. Y no es que mi madre haya sido mala, solo ausente… tan ausente que la muerte de mi padre valió por dos muertes.

Me tomó años perdonar a mi madre por no haber estado incluso cuando estaba. Ella no era como mi padre… Tampoco lo fue mi primer beso, ni mi primer noviazgo, ni mi primer perro, ni mi primer viaje, ni siquiera mi primer cactus, ni la primera vez que amanecí amando un par de brazos.

Nada ni nadie ha sido nunca como mi padre, y sin embargo he vivido intentando llenar su lugar con amores y despedidas, y bienvenidas y desamores.

Cuando mi padre murió, seguí viéndolo en sueños, pesadillas, memorias, fotos, regalos, automóviles, juguetes, avenidas y paredes. Y de hecho, he pensado que el día que murió mi padre quise convencerme de que no había muerto, y que lo mantuve vivo con sangre de mi sangre y carne de mi carne.

El día que murió mi padre, mi padre nació en mí, pero yo seguí buscándolo.

¿Dónde encuentra uno a su padre que no está, que ha muerto?

Me contaron a los 6 años que mi padre se había ido al cielo porque Dios lo había mandado a buscar, así que yo crecí convencida de que Dios lo había matado.

Nunca le confesé a nadie la naturaleza de mis conversaciones con Dios, que durante más de 10 años consistieron en la exigencia de una explicación, de una devolución, de una forma cualquiera de volver a juntar mis pedazos.

La muerte de mi padre me dolió más de lo que podría dolerme mi propia muerte. Dejé de ser la primera hija de alguien, la primera sonrisa de alguien, la primera elección de alguien, el primer amor de alguien.

Recuerdo la pijama que tenía puesta la noche que mi padre no llegó.

La muerte de mi padre me hizo nacer un profundo miedo a la ausencia, a la soledad, que comenzó entonces a recordarme a la misma soledad de mi cuarto vacío cuando me encerraba en silencio a llorar y a pedirle a un Dios en el que me daba esperanzas creer la petición más urgente e imposible: un día más con mi padre.

Yo tenía 6 años cuando supe que mi padre había muerto y que no iba a volver. Mientras escribo esto, tengo 23 años, pero la verdad es que sigo teniendo 6.

Todos sufrimos alguna vez en la vida la apertura de una herida fundamental: la muerte de un padre, la ausencia de una madre, el rechazo, la soledad, el desamor. Cuando esa herida no se atiende, nos acompaña toda la vida como una marca que sobresale en la piel del corazón, que nos hace temer a la presencia del amor y también a la falta de él, a los demás y a nosotros, a la muerte y a la vida.

Me ha tomado 17 años hablar de la muerte de mi padre.

Acerca los ojos del alma a tu herida. Bésala. Sánala. Perdónala. Y déjala ir.

padre, Cuando mi padre murió, RitaEs☾ribe

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Último libro de Elisabeth Kübler-Ross, psiquiatra suizo-estadounidense y autoridad más respetada en el campo del proceso del duelo.

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