Eres hermosa, no lo olvides. Aunque sé que, el día que te rompan, lo dudarás. El día que te rompan, dudarás de todo: de lo que eres, de lo que fuiste, de quienes juraron amarte y de quienes lo hicieron, de tu pasado y de tus memorias, de tus ángeles y de tus santos.

Será alguna traición, me imagino. Alguna mentira o alguna verdad (tu verdad) deformada por bocas y manos crueles lo que, irremediablemente, te partirá en dos. Y lo sé porque veo en ti cuánto te indigna la injusticia; porque sé que lloras de rabia ante la inhumanidad.

Eres fuerte y valiente, no lo olvides. Aunque el mundo se te caiga a trozos cuando descubras que tus certezas eran engaños; cuando tu bondad y tu nobleza sean usadas en tu contra, y la inocencia que te dejó la infancia sea escupida.

Sé que no quedará nada de ti, que torpe e inútilmente querrás volver a juntar tus pedazos, y que sufrirás en el alma (¿cómo no vas a sufrir?) al darte cuenta de que ya no encajan; que las piezas que toda una vida sostuvieron tu ayer no son más que las ruinas sobre las cuales tendrás que dibujar un “hoy” y un “mañana”.

Ya no creerás en nada ese día, no creerás en nadie, y está bien que no lo hagas, porque a nadie necesitas más que a ti misma. No lo vayas a olvidar, no te permitas olvidarlo: a nadie necesitas; tú mereces, siempre mereces, nunca necesitas.

Mírate al espejo ese día, y si no te encuentras, mírate de nuevo. Y hazlo una y otra vez, hasta que tus pedazos se reconozcan. Y se perdonen. Y se dejen ir.